La historia de un santo cuya devoción en la Argentina adquiere ribetes de espectacularidad. Su nombre ya estaba difundido en el país, pero el auge llegó de la mano de los inmigrantes italianos a fines del siglo XIX.

La imagen de San Cayetano en la iglesia de Liniers

Cómo cada 7 de agosto, este domingo se festeja en la Argentina el día de San Cayetano, Patrono del Pan y el Trabajo. A lo largo y ancho del país se realizarán diferentes celeraciones que, en muchos casos, exceden lo estrictamente litúrgico. Lo cierto es que este Santo, de origen italiano, es uno de los más populares de la religión argentina. La parroquia en su honor está enclavada en el barrio de Liniers en la CABA pero casi no hay pueblo donde no sea venerado. También es tradicional que el 7 de cada mes sus fieles le rindan homenaje, pero esta fecha es absolutamente clave. Desde muy temprano llegan los peregrinos de diferentes puntos del conurbano bonaerense e, incluso, de otras provincias para agradecer o pedir.
Las razones de la popularidad de San Cayetano en Argentina son casi obvias: un país que oscila de crísis en crisis es natural que desarrolle una Fe extrema en los milagros. En la iglesia de Liniers no sólo se encuentra alivio para el espíritu, sino que también muchos acuden por un plato de comida o un abrigo. La demanda de asistencia social es cada vez más importante y hay momentos en que la estructura que tienen armada los grupos que trabajan en el lugar, parece a punto de colapsar. Sin embargo, acaso por una cuestión de Fe, se mantiene todavía incólume.
Pero ¿Quién fue San Cayetano?. Oficialmente, fue un presbitero italiano, nacido de padre militar y madre condesa en Vicenza, un 1 de octubre de 1480; fundó la orden de los Clérigos Regulares Teatianos, fallecició un 7 de agosto de 1547 y fue proclamado Santo en 1671 por el papa Clemente X. Posteriormente fue reconocido Santo de la Providencia y Patrono del pan y el trabajo. El culto llegó con furor a la Argentina durante la época aluvional, de mano de los inmigrantes italianos, aunque su obra ya estaba vastamente difundida desde mucho tiempo antes.

Entre Cortes, Universidades y Monasterios, su vida no tuvo muchos sobresaltos hasta bien entrada su juventud. Fue ordenado sacerdote a los 35 años y allí es donde comienza realmente la parte más interesante de su historia. Por aquellos años era moneda corriente que los sacerdotes vendieran «indulgencias», una especie de perdón para ciertos pecados. Estas «indulgencias» podían ser adquiridas por cualquie pecador, para si mismo o para algún ser querido ya extinto que aún estaba en el purgatorio. Como nadie está libre de pecados, el negocio para los sacerdotes que adherían a esta Doctrina era rentable tanto en dinero como en influencias. Mientras esto ocurría, en Alemania Martín Lutero luchaba denodadamente en contra del comercio de esta naturaleza. Tal fue su apasionamiento que su prédica concluyó con la Reforma, una división de la Iglesia que perdura hasta la actualidad. Cayetano de Thiene se dedicó entonces a combatir esta reforma, entendiendo que la Iglesia no podía dividirse, pero asumiendo que tampoco era válido que los sacerdotes cobraran por un perdón que le estaba reservado a Dios. Su prodigiosa inteligencia le permitió encontrar el punto medio: creó una Orden que sólo se sustentaba con la limosna que los fieles brindaran espóntaneamente, sin que medie en ningún caso el perdón de los pecados. Así, la Doctrina de la Indulgencia rentada comenzaba a caerse a pedazos.
Cayetano estaba convencido de que la Iglesia necesitaba luchar contra la Reforma y servir a los más pobres. Por ello, la fundación de los Clérigos Regulares tenía como objetivo renovar el espíritu y la labor misionera de los sacerdotes. Para paliar las necesidades de los pobres, fundó la organización de beneficencia Monte di Pietà (que posteriormente se convirtió en el Banco de Nápoles), como una alternativa a los usureros. En Venecia se asoció con un miembro de su asociación Amor Divino que trabajaba en el Hospital de los Incurables, Jerónimo Emiliani —noble veneciano que después de una juventud aventurera, decidió, en 1531, dedicarse a los pobres y huérfanos (aunque permaneciendo laico)—, a quien ayudó a fundar otra orden de clérigos regulares, la Orden de los Padres Somascos.

Parroquia de San Cayetano en Venado Tuerto

Como carisma apostólico, Gaetano jugaba con los parroquianos varones, con quienes apostaba el rezo de oraciones, rosarios de madera, velas devocionales, o bien servicios y trabajos manuales en la iglesia. Su emblema es la aparición de la Virgen María. Sobre este punto, bien vale la pena un párrafo aparte. Según refirió el propio San Cayetano a Sor Laura Mignani en una carta fechada el 20 de enero de 1518, tuvo una experiencia mística en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, donde el 6 de enero de ese año había celebrado su primera Misa en el altar donde se venera la reliquia del pesebre. Así en la Navidad del año de 1517, durante la Misa de Nochebuena, la Virgen María le ofreció al Niño Jesús para que lo tuviera en sus brazos. De esta manera lo relata el propio San Cayetano: “A la misma hora de su santísimo Parto, me acerqué al santo Pesebre (…) recibí de las propias manos de la púdica Doncellita, mi protectora, que acababa de ser madre, al recién nacido Infante, carne y envoltura del Verbo eterno. Cuando mi corazón no se derritió en aquel momento, señal es, creedlo, Madre, que es más duro que el diamante. ¡Paciencia!”. A esta manifestación de la Virgen María se la reconoce con el nombre de la Virgen de los Desamparados. Allí surgió su patronazgo, ya que Cayetano dedicó por completo su vida a asistir a los más necesitados.

Primeros milagros

Dedicado de lleno a aliviar las necesidades de sus prójimos fue cuando se produjo el primer milagro que se le atribuye a Cayetano. Tiempo después de haber fundado un hospital para pobres en Venecia, durante una recorrida visitó a una joven que estaba a punto de perder la pierna a consecuencias de una gangrena. Cayetano no dudó en sacar las vendas, besó la herida e hizo la señal de la Cruz. Al día siguiente los médicos que preparaban a la mujer para la amputación vieron que estaba completamente curada. Fataban 400 años para que un tal Alexander Fleming descubrera la penicilina.
La historia de Cayetano cuenta que debido a su afán de dar siempre comida a los pobres llegó el momento en que en su casa no había quedado para comer. Entendiendo la necesidad de su madre, se dirigió al altar en la puerta del Sagrario donde estaban las hostias y dijo: «Jesús amado, te recuerdo que no tenemos hoy nada para comer». Al rato llegaron unas mulas con gran cantidad de provisiones, y los arrieros no quisieron decir de dónde las enviaban.

Ya consagrado santo, Cayetano siguió haciendo milagros: cuentan que en épocas de sequía, un campesino le pidió que interceda por la falta de agua y, a modo de agradecimiento, le dejó una espiga de trigo a los pies de su imagen. Tres días después, llovió tanto que la ciudad se inundó.
Cuatro décadas después, en plena crisis económica de 1930, un sacerdote se comunicó con algunos fieles para aconsejarles que rezaran al Santo de la Providencia para cambiar su suerte. Los que lo hicieron mejoraron su situación.
La fe por el santo de los humildes fue trasmitida de boca en boca y el noble, que en rechazo a la relación entre la corrupción y el poder vivió con total austeridad y ayudando a los más necesitados, se convirtió en el más amado.

Hoy son cientos los fieles que lo veneran en todos los rincones del mundo, pero en pocos lugares convoca las multitudes que se reunen en Argentina para rendirle culto. La devoción por el patrono de la Providencia es tanta que incursiona en el arte popular. Desde el folclore hasta el rock hay varias alusiones a este Santo cuya adoración llegó, precisamente, de la mano de pobres y desprotegidos que cruzaron los mares huyendo de la hambruna y las guerras.

Por Ciudad Cero

Periodista - Realizador audiovisual en tiempos de pandemia - Narrador

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.